¿Por qué grito a mis hijos si no quiero?

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Muchos padres y madres se hacen esta pregunta con culpa y frustración. “Sé que no quiero gritar… pero al final acabo haciéndolo”. 

Después llega el arrepentimiento, la sensación de haberlo hecho mal y el propósito de no repetirlo. Sin embargo, con el paso de los días, vuelve a suceder. Si te pasa, no estás sola/o.

¿Por qué ocurre esto?

No es falta de amor ni de intención

Gritar no significa que seas mal padre o mala madre. En la mayoría de los casos, tiene más que ver con:

  • el cansancio acumulado
  • la sobrecarga mental
  • la falta de recursos en ese momento
  • la propia historia emocional

 

Criar no es solo educar a un hijo, también es gestionar lo que te pasa a ti mientras lo haces.

¿Qué ocurre en el momento en que gritas?

Cuando una situación te sobrepasa, ruido, desobediencia, discusiones o estrés, tu cerebro entra en modo automático, en lo que se conoce como “modo supervivencia”. Se activa una respuesta emocional intensa y rápida, y es ahí donde aparecen los gritos.

No es una decisión consciente, es una reacción rápida ante la sensación de desbordamiento.

Factores que influyen:

  1. El agotamiento. Cuanto más cansada/o estás, menos capacidad tienes para regular tus emociones.
  2. La acumulación de estrés. No solo importa lo que pasa con tus hijos, sino todo lo demás que llevas encima, trabajo, preocupaciones, carga mental… Todo suma
  3. Tu propia infancia. Si creciste en un entorno donde gritar era habitual, es más fácil que ese patrón aparezca de forma automática. No porque quieras repetirlo, sino porque es lo que aprendiste.
  4. Expectativas poco realistas. A veces esperamos que los niños se comporten como adultos, obedezcan siempre, que no se equivoquen o no sepan gestionar bien sus emociones. Y eso genera frustración constante.

 

Entonces, ¿cómo dejar de gritar?

No se trata de hacerlo perfecto, sino de ir poco a poco.

Detectar las señales previas

Antes del grito hay señales: tensión, irritación, pensamientos como “ya no puedo más”. Aprender a detectarlas es clave ya que te da margen para actuar antes.

Parar antes de explotar

Puede ser tan simple como respirar, salir un momento de la habitación o bajar el tono de voz de forma consciente. Son pequeños cambios que marcan la diferencia.

Ajustar expectativas

Los niños están aprendiendo. Su comportamiento no siempre es intencional.

Cuidarte también a ti

Es difícil regular a un niño cuando tú estás desbordada/o. Buscar momentos de descanso, apoyo o desconexión no es un lujo, es una necesidad.

Reparar después

Si has gritado, puedes reparar: “antes me enfadé y grité, lo siento. Estoy aprendiendo a hacerlo mejor”. Esto también educa emocionalmente

Criar también implica revisarte. A veces, lo que más nos activa de nuestros hijos no es lo que hacen, sino lo que nos hace sentir.

Pedir ayuda también es cuidar

Si sientes que repites este patrón y te genera malestar, trabajar con un profesional puede ayudarte a entender qué hay detrás, mejorar la regulación emocional o desarrollar herramientas más respetuosas.

Para terminar, no necesitas ser un padre o una madre perfecta. Necesitas ser lo suficientemente consciente como para querer hacerlo mejor.

Y eso, aunque no te lo parezca, ya es un gran paso.

 

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